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Mercados de carbono: La infraestructura que potencia la transición climática

Introducción

Los mercados de carbono han dejado de ser una herramienta residual de la política climática para convertirse en un elemento económico cada vez más relevante para las empresas, bancos, supervisores e inversores. Su función inicial es sencilla: poner precio a la emisión de gases de efecto invernadero para que a las empresas no les saliese gratis contaminar. A esto hay que sumarle el desarrollo de los mercados secundarios, los cuales están orientados a canalizar capital hacia actividades de reducción o absorción de CO₂. Sin embargo, su realidad actual es más compleja debido al ecosistema que se ha creado entorno a ambos tipos de mercados, el cual abarca plataformas de negociación, registros, empresas verificadoras, metodologías de integridad, riesgos de greenwashing y nuevas fuentes de demanda asociadas a la electrificación, la inteligencia artificial y los centros de datos.

La tesis central de este artículo es que el carbono se está transformando en una nueva clase de activo híbrida. No es únicamente una commodity ambiental, no es solo un instrumento regulatorio y tampoco es simplemente una herramienta reputacional. Es una pieza que conecta la política climática con la financiación sostenible, con los mercados de materias primas, y con la estrategia comercial de las empresas. En este contexto, la ventaja competitiva no estará en tratar el carbono como un producto aislado, sino en integrarlo dentro de una propuesta financiera completa que incluya medición, asesoramiento, cobertura, ejecución, financiación, trazabilidad y comunicación climática robusta.


Mercados obligatorios y mercados voluntarios de carbono

Antes que nada, debemos comprender el funcionamiento de los mercados obligatorios y voluntarios de carbono, ya que responden a lógicas distintas. En los primeros, como el EU ETS europeo, determinados sectores intensivos en emisiones —electricidad, calor, industria, aviación y transporte marítimo— están legalmente obligados a entregar derechos de emisión equivalentes a sus emisiones verificadas, de modo que cada allowance representa el permiso para emitir una tonelada de CO₂ equivalente. Cada año, la cantidad máxima de allowances (cap) se va reduciendo. Este diseño convierte el carbono en un coste económico directo: cuanto más emite una empresa, más derechos necesita comprar, y cuanto más se reduce el volumen total disponible, mayor es el incentivo para invertir en descarbonización. En cambio, los mercados voluntarios no nacen de una obligación legal de cumplimiento, sino de decisiones empresariales ligadas a compromisos climáticos, estrategia ESG, reputación o relación con clientes e inversores. En ellos no se adquieren allowances regulatorios, sino créditos de carbono generados por proyectos que reducen, evitan o absorben emisiones. Por tanto, mientras el mercado obligatorio funciona como un mecanismo público de disciplina climática basado en la escasez regulada, el mercado voluntario opera como una herramienta privada de compensación y financiación climática, con un reto adicional: asegurar la calidad, y trazabilidad de los créditos para evitar riesgos de greenwashing.

Elemento

Mercado regulado / EU ETS

Mercado voluntario de carbono

Unidad

Allowance o EUA: derecho a emitir 1 tonelada de CO₂.

Crédito: reducción, evitar o absorción de 1 tCO₂e atribuida a un proyecto.

Finalidad

Cumplir una obligación legal de entrega de derechos frente a emisiones verificadas.

Compensar emisiones residuales, financiar mitigación climática y apoyar claims climáticas voluntarias.

Precio

Asignado mediante subastas

Determinado por oferta, demanda y atributos de calidad del proyecto.

Riesgo principal

Riesgo de precio, cumplimiento y exposición a regulación climática.

Riesgo de calidad, doble conteo y greenwashing.

Uso corporativo

Obligatorio para instalaciones o sectores cubiertos.

Voluntario; no sustituye por sí solo una estrategia de reducción interna robusta.

EU ETS

El régimen europeo de comercio de derechos de emisión no consiste en prohibir directamente la emisión, sino en limitar el volumen total permitido y dejar que el precio revele dónde resulta más eficiente reducir emisiones. El sistema se basa en una restricción (cap) y en un mecanismo de negociación que permite a las empresas comprar o vender derechos en función de su posición relativa: quien reduce por debajo de sus necesidades puede liberar valor; quien emite por encima debe comprar derechos adicionales o afrontar sanciones. De hecho, las empresas que no entregan los suficientes derechos para cubrir las emisiones verificadas del año anterior se enfrentan a sanciones económicas y un gran coste reputacional, además de seguir obligadas a entregar los derechos faltantes. El importe económico de las sanciones asciende a 100€ por cada tonelada de CO2 que no se haya entregado el allowance.

El diseño del EU ETS introduce una señal de escasez creciente. El cap se reduce anualmente mediante un factor lineal. Según la Comisión Europea, tras la revisión de 2023, el cap del EU ETS se ha fijado para reducir las emisiones de los sectores cubiertos en un 62% en 2030 frente a 2005. Para conseguirlo, el factor de reducción aumenta al 4,3% anual entre 2024 y 2027 y al 4,4% anual desde 2028. Además, la reforma incorporó dos reducciones adicionales del cap, que consisten en 90 millones de derechos en 2024 y 27 millones en 2026.

Este funcionamiento consistente en la escasez programada, en cierto sentido, es similar al funcionamiento de BTC. De esta forma, la reducción progresiva en la cantidad de allowances disponibles presiona al alza el precio de dichos allowances, haciendo que cada vez resulte más caro contaminar. Esto acelera la transición ecológica.


El mercado voluntario

El mercado voluntario de carbono opera con una lógica distinta. La empresa que compra créditos no lo hace, por regla general, para cumplir una obligación de entrega en un sistema cap-and-trade, sino para financiar proyectos de mitigación climática y respaldar una determinada narrativa corporativa. Esa narrativa puede estar vinculada a compensación de emisiones residuales, neutralización parcial de huella, contribución climática, inversión en naturaleza, apoyo a comunidades locales o alineamiento con una estrategia net zero.

Aquí aparece una de las cuestiones más importantes. Aunque un crédito represente nominalmente una tonelada de CO₂ equivalente, no todas las toneladas son iguales desde el punto de vista económico. Dos créditos pueden tener la misma unidad contable, pero una calidad radicalmente distinta. Un crédito procedente de un proyecto con adicionalidad dudosa (aquellos proyectos que podían haberse generado sin necesidad del incentivo económico del crédito), vintage antiguo (año en el que se produjo la reducción de emisiones asociadas al crédito), baja trazabilidad o riesgo de doble conteo no debería valorarse igual que un crédito con verificación robusta, registro reconocido, permanencia razonablemente gestionada y beneficios ambientales o sociales adicionales. Por eso, la dispersión de precios no implica necesariamente una ineficiencia arbitrable; y más teniendo en cuenta que las empresas corren un gran riesgo reputacional cuando se exponen a comprar créditos de dudosa calidad con tal de ponerse la etiqueta de ecológicos.

La comparación útil no es “crédito barato frente a crédito caro”, sino “coste total de la claim climática”. Ese coste total incluye el precio de compra, la debida diligencia, el riesgo de controversia, la robustez documental, la coherencia con los objetivos de reducción, la probabilidad de aceptación por auditores y la capacidad de defensa pública. Bajo este enfoque, un crédito más caro puede ser más barato en términos de riesgo ajustado.

El incentivo para pagar más por un crédito de mayor calidad puede ser plenamente racional. Una gran empresa no compra solo una tonelada; compra una reducción o absorción que debe poder explicar ante inversores, auditores, clientes, empleados, reguladores y medios de comunicación. Un crédito barato puede parecer eficiente en coste por tonelada, pero puede salir caro si posteriormente se cuestiona su adicionalidad o se convierte en un caso de greenwashing.


La integridad como el activo principal del mercado voluntario

La maduración del mercado voluntario está impulsada por iniciativas de integridad que tratan de resolver una debilidad estructural: la falta de confianza homogénea. El Integrity Council for the Voluntary Carbon Market ha desarrollado los Core Carbon Principles, que agrupan criterios de gobernanza, seguimiento, transparencia, validación y verificación independiente, adicionalidad, permanencia, cuantificación robusta, ausencia de doble conteo, beneficios de desarrollo sostenible y contribución a la transición net zero.

En paralelo, la Voluntary Carbon Markets Integrity Initiative aborda la dimensión de demanda: no basta con que el crédito sea bueno; también importa cómo lo usa la empresa y qué claim realiza. Su enfoque subraya que los créditos deben utilizarse por encima de reducciones de emisiones alineadas con la ciencia y no como sustituto de la descarbonización interna.

La importancia de estos criterios es doble. Primero, ayudan al comprador a separar créditos de mayor y menor integridad. Segundo, proporcionan un lenguaje común para bancos, plataformas, empresas, auditores y reguladores. En un mercado que históricamente ha estado fragmentado por metodologías, registros y estándares, la existencia de principios comunes reduce la opacidad y facilita la creación de carteras de créditos más defendibles.

IOSCO, por su parte, ha puesto el foco en la integridad financiera y el funcionamiento ordenado de los mercados voluntarios. Su informe final sobre VCMs identifica buenas prácticas orientadas a mejorar estructuras de mercado, transparencia, trading, gobernanza, gestión de riesgos y prevención de fraude o greenwashing. La entrada de IOSCO en este debate confirma que el carbono voluntario ya no es solo una cuestión ambiental; también es una cuestión de mercado financiero.


La banca como infraestructura e intermediario en los mercados de carbono

En este sentido, la principal oportunidad para una entidad financiera no reside únicamente en intermediar la compraventa de créditos de carbono, sino en convertirse en un actor relevante dentro del mercado de carbono. Esto es posible gracias a que el EU ETS crea varias necesidades financieras, como son la gestión de inventario de derechos, financiación de compras de allowances, la posibilidad de realizar coberturas del precio de los créditos voluntarios mediante derivados, planificación de liquidez para subastas o compras en mercado, análisis de sensibilidad de márgenes industriales al precio del carbono, asesoramiento estratégico sobre la transición a empresas intensivas en carbono y la necesidad de los clientes de ser asesorados para ayudarles a distinguir entre precio y calidad, entre compensación y reducción, entre claim climática legítima y riesgo reputacional, entre exposición energética y exposición climática, etcétera. Además, también pueden aumentar su relevancia ganando cuota de mercado en la financiación de infraestructuras renovables, ofreciendo productos financieros vinculados a la sostenibilidad y asesorando a las empresas en la financiación para transicionar a un modelo de negocio más verde.

La propuesta de una plataforma de compraventa de créditos de carbono permite desarrollar esa función de confianza. En este sentido, CaixaBank recientemente ha lanzado una plataforma donde propone una solución dirigida a clientes corporativos y empresas, con acceso a créditos verificados internacionalmente, actuación del banco como intermediario único, simplificación de la operativa, cuenta de carbono para gestionar compras, ventas y compensaciones, y asesoramiento ASG personalizado. Esta plataforma reduce fricciones, ya que el cliente no tiene que interactuar con múltiples contrapartes, gestionar diferentes procesos de onboarding o interpretar por sí solo la calidad relativa de cada proyecto.

La propuesta de valor diferencial no está solo en ejecutar una orden, sino en filtrar la calidad. En un mercado donde los créditos pueden variar por metodología, registro, vintage, adicionalidad y riesgo de doble conteo, la selección y trazabilidad se convierten en servicio financiero. La plataforma puede operar como una capa de gobernanza: identificar créditos adecuados, verificar la unicidad, asegurar la correcta cancelación y ayudar al cliente a documentar un claim coherente con su estrategia.

Este paradigma orientado a la economía sostenible también genera múltiples vías de expansión para la actividad bancaria. Algunos ejemplos incluyen la financiación de CapEx para desarrollar proyectos de generación de energía renovable verde y la gestión de exposición a materias primas. Dichas acciones incluyen el uso de derivados financieros, por lo que en los próximos años podríamos ver un aumento en la originación de este tipo de activos, los cuales en 2024 solo representaban un 4% de los RWAs de los grandes bancos.


Inteligencia artificial y centros de datos: el catalizador inesperado del carbono

Ante la expansión de la inteligencia artificial, no debemos omitir la posibilidad de que esta actúe como catalizador de los mercados de carbono. El crecimiento de los centros de datos aumentará la demanda eléctrica y, dependiendo del mix energético utilizado, puede elevar las emisiones de carbono y la necesidad de instrumentos de gestión climática. Si esa demanda se cubre con renovables, impulsará la financiación verde. Pero, si se cubre parcialmente con fuentes fósiles, aumentará la presión sobre derechos de emisión, créditos voluntarios y claims climáticas. En ambos casos, el carbono se situará en el centro de la conversación entre tecnología, energía y finanzas.

La Comisión Europea recoge estimaciones de la IEA según las cuales los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora (TWh) a nivel mundial en 2024, aproximadamente el 1,5% de la electricidad global anual, y que este consumo podría aumentar hacia 945 TWh en 2030, que es el equivalente al consumo total de un país desarrollado como Japón. En el caso de España, se estima que el consumo de los centros de datos pasará de 6 TWh en 2024 a unos 12 TWh en 2030, pudiendo alcanzar los 26 TWh en 2050. Además, la refrigeración puede representar una parte relevante del consumo eléctrico: desde niveles reducidos en centros hyperscale eficientes hasta más del 30% en centros empresariales menos eficientes.

Esto abre tres canales de impacto sobre los mercados de carbono. Primero, el canal eléctrico si el mix de generación que alimenta los centros de datos incluye fuentes fósiles. Segundo, el canal regulatorio si las empresas energéticas o industriales que generen electricidad bajo el perímetro del EU ETS pueden ver incrementada su demanda de allowances si la generación fósil aumenta. Tercero, el canal voluntario si las tecnológicas y sus clientes pueden incrementar compras de créditos de alta calidad para compensar emisiones residuales, especialmente si quieren defender claims de neutralidad o contribución climática.

Adicionalmente, si tenemos en cuenta que el agua cada vez se considera un elemento más crítico, especialmente debido a su uso en la refrigeración de los centros de datos, no resulta descabellado plantear que en un futuro se cree un mercado similar al del carbono, pero para el H2O.


Tokenización, trazabilidad y mercados secundarios

La tokenización aparece de forma natural en el debate porque los mercados de carbono requieren trazabilidad, unicidad y prevención del doble conteo, algo que la tecnología blockchain ha venido a solucionar. Sin embargo, conviene evitar una visión ingenua: tokenizar un crédito de baja calidad no lo convierte en un crédito de alta calidad. La tecnología puede mejorar el registro, la transferencia y la transparencia, pero no sustituye la la verificación independiente.

La innovación útil no está en convertir cualquier crédito en token, sino en vincular cada unidad digital a un activo ambiental verificado, con metadatos robustos, registro reconocido, historial de titularidad, estado de retirada y restricciones claras de uso. En este sentido, la tokenización puede aportar valor en tres ámbitos: reducción del riesgo operativo, mejora de la trazabilidad y creación de mercados secundarios más eficientes, lo que conllevaría una reducción de costes en los mercados secundarios de créditos de carbono. Pero su éxito dependerá de la gobernanza; es decir, quién emite, quién verifica, qué registro reconoce el activo, cómo se evita la doble emisión y cómo se documenta la cancelación.

En este aspecto, empresas como Metlabs, o la española ClimateTrade, son pioneras en la tokenizción de estos activos. Sin embargo, la banca puede tener un papel relevante si se laza a crear la infraestructura necesaria para desarrollar dicha actividad. De todas formas, un banco no necesita necesariamente ser el emisor tecnológico del token, sino que puede ser el intermediario que conecta al cliente con el emisor. Esta posición es especialmente valiosa para clientes corporativos que no quieren asumir la complejidad técnica de la tecnología blockchain.


Carbono, regulación prudencial y competitividad

Los mercados de carbono también deben analizarse desde la óptica prudencial. El precio del carbono afecta a la solvencia de clientes intensivos en emisiones, a sus márgenes, a su capacidad de inversión y a su riesgo de transición. En sectores como petróleo y gas, electricidad, acero o transporte el coste de los créditos de carbono puede alterar flujos de caja y, por tanto, la necesidad de provisiones o capital económico.

Además, hay que tener en cuenta la posibilidad de que los reguladores de cada Estado miembro de la UE apliquen un Systemic Risk Buffer (SyRB) a los sectores expuestos al carbono, lo cual aumentaría el consumo de capital por parte de las exposiciones a dichas industrias, desalentado así su financiación. Si a esto le sumamos que una misma exposición intensiva en carbono soporta simultáneamente mayor coste energético, mayor coste de allowances, menor demanda de inversores, restricciones de financiación y penalización reputacional, puede conllevar que la financiación bancaria se retire de clientes que todavía necesitan capital precisamente para descarbonizarse. Por eso, la buena política climática no debe castigar de forma mecánica la exposición en carbón, sino distinguir entre empresas sin plan de transición y empresas intensivas en emisiones pero con CapEx creíble de transformación.

Para una entidad bancaria, esta distinción es comercialmente relevante. El cliente que más emisiones tiene no siempre es el peor cliente climático; puede ser el que más necesita financiación y asesoramiento para transformar su modelo. El reto consiste en diferenciar la transición real del greenwashing o el estancamiento en el cambio.


Conclusión

Los mercados de carbono están entrando en una fase de madurez. El debate ya no puede limitarse a si los créditos son caros o baratos, si las empresas compensan o si el EU ETS encarece la producción. La pregunta relevante es cómo convertir el precio del carbono en una señal útil para acelerar inversiones reales, reducir emisiones, financiar innovación y evitar claims climáticas engañosas.

El mercado regulado europeo aporta disciplina mediante escasez y obligación de entrega. El mercado voluntario aporta flexibilidad y financiación de proyectos, pero exige integridad. Los derivados aportan gestión de riesgo. La banca aporta confianza, acceso, estructuración y acompañamiento. La IA y los centros de datos aportan una nueva fuente de demanda energética y climática. La tokenización puede aportar trazabilidad si se apoya en activos ambientales reales y gobernanza robusta.

La conclusión práctica es clara: los créditos de carbono serán cada vez menos un producto aislado y cada vez más una pieza fundamental de la economía. Afectará a precios de energía, decisiones de inversión, financiación corporativa, reporting, reputación, supervisión y estrategia comercial. Las entidades que entiendan esta transversalidad, como es el caso de Caixabank, podrán diferenciarse, mientras que las que lo traten como una moda ESG llegarán tarde.

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