top of page

¿Por qué las empresas ya no necesitan salir a bolsa?

El auge del capital privado y el declive de la salida a bolsa como meta natural de las empresas

Durante décadas, salir a bolsa fue el rito de paso que coronaba el éxito de una empresa. La salida a bolsa, u oferta pública inicial (IPO, por sus siglas en inglés), era el destino natural de cualquier compañía que crecía lo suficiente: el momento en el que abría su capital al público, accedía a financiación abundante y otorgaba liquidez a sus fundadores e inversores tempranos. Cotizar era sinónimo de haberlo logrado.

Sin embargo, ese guion ha dejado de cumplirse. El número de empresas cotizadas en Estados Unidos es hoy aproximadamente la mitad del que había a mediados de los años noventa, y las salidas a bolsa se cuentan ya por decenas y no por cientos. Al mismo tiempo, algunas de las compañías más valiosas del mundo (SpaceX, OpenAI o Stripe) han alcanzado valoraciones de cientos de miles de millones de dólares sin haber pisado nunca el parqué. Para entender este cambio es necesario analizar cómo funcionaba el modelo tradicional, qué lo ha transformado y qué consecuencias tiene para el conjunto de los inversores.

En el modelo tradicional de financiación empresarial, una compañía nacía a través del capital de sus fundadores, crecía tras rondas sucesivas de capital riesgo (venture capital) y llegada cierta madurez, daba el salto al mercado público. La lógica era sencilla: una empresa que financia a sus primeros inversores solo dispone de dos vías para devolverles el capital, venderse a otra compañía o salir a bolsa. La IPO era, además, la única forma de captar grandes volúmenes de capital y de dotar de liquidez a empleados e inversores.

Bajo esa idea, las salidas a bolsa fueron frecuentes. El momento cúspide fue en 1996, cuando casi 700 empresas debutaron en los mercados estadounidenses en un solo año. En esa época era habitual que una compañía tecnológica saliera a bolsa con apenas cuatro o cinco años de vida, todavía en plena fase de crecimiento. El mercado público era el principal motor de financiación del crecimiento, no únicamente una vía de salida.

Pero llegó 2012 y entonces Estados Unidos aprobó la llamada JOBS Act (Jumpstart Our Business Startups Act), una ley concebida precisamente para revertir la caída de las salidas a bolsa que se arrastraba desde el estallido de la burbuja puntocom. La norma facilitaba el proceso a las empresas en crecimiento mediante la presentación confidencial del folleto ante el regulador y la posibilidad de “tantear el mercado” con inversores institucionales antes de cotizar. Su premisa era clara: la balanza se había inclinado demasiado hacia el M&A y convenía reequilibrarla a favor del mercado público. Sin embargo, la evolución posterior del mercado siguió una dirección muy distinta a la que perseguía el legislador.

Paradójicamente, la JOBS Act no solo no impulsó al mercado público, sino que contribuyó a que las empresas pudieran permanecer privadas durante más tiempo, al elevar el número máximo de accionistas que una compañía podía tener antes de verse obligada a registrarse y cotizar. Pero el verdadero motor del cambio no fue regulatorio, sino financiero, pues llegó la explosión del private equity.

Los activos gestionados por los mercados privados, es decir, capital riesgo, private equity, deuda privada e infraestructuras, han crecido prácticamente sin interrupción desde la crisis financiera de 2008, hasta superar los 13 billones de dólares. Solo el private equity acumula en torno a 8 billones de dólares en activos bajo gestión, y los fondos mantienen además billones de dólares de capital comprometido pero todavía sin invertir (“dry powder”). Existe, en definitiva, una cantidad ingente de capital buscando rentabilidad fuera de las bolsas. Las consecuencias de esta transformación no tardaron en hacerse visibles. A medida que aumentaba la capacidad de financiación de los fondos privados, las empresas descubrieron que podían acceder a recursos comparables a los del mercado bursátil sin necesidad de asumir las exigencias asociadas a la cotización.

Esta abundancia ha transformado las opciones de las empresas. Una compañía en crecimiento que antes habría necesitado salir a bolsa para captar varios cientos de millones de dólares puede hoy levantar esas mismas cifras e incluso mayores en rondas privadas, sin renunciar al control ni someterse al escrutinio del mercado. El resultado es una nueva categoría de gigantes privados: más de 1.300 empresas privadas valoradas en más de 1.000 millones de dólares entodo el mundo, que suman en conjunto en torno a 3,3 billones de dólares. Entre ellos hay ya media docena por encima de los 100.000 millones (SpaceX, OpenAI, Anthropic, Databricks, Stripe o ByteDance), convirtiéndose en compañías que rivalizan en tamaño con las mayores cotizadas sin haber presentado jamás cuentas públicas. SpaceX ha llegado a valorarse en cientos de miles de millones de dólares sin haber registrado nunca un informe anual ante el regulador.

El reflejo de este fenómeno en el mercado público es el llamado “listing gap” o brecha de cotización. El número de empresas cotizadas en Estados Unidos alcanzó su máximo histórico en 1996, con algo más de 8.000 compañías, y desde entonces no ha dejado de caer hasta situarse en torno a la mitad. No se trata de que haya menos empresas en la economía, pues este número ha seguido creciendo, sino de que cada vez una proporción menor elige cotizar en el mercado público.

Esta brecha tiene dos componentes de magnitud similar. Por un lado, muchas menos empresas salen a bolsa y por otro, desaparecen del mercado muchas más, sobre todo debido al M&A. Buena parte de las compañías pequeñas que en el pasado habrían cotizado de forma independiente prefieren hoy integrarse en organizaciones mayores capaces de aprovechar economías de alcance y acelerar su crecimiento. La consecuencia es un mercado con menos empresas, pero de mayor tamaño medio. Comprender esta evolución exige analizar qué incentivos han llevado a tantas compañías a retrasar, o incluso evitar, su llegada a los mercados públicos.

Si el capital ya no es el problema, ¿qué beneficios puede tener cotizar? Varias razones explican la preferencia creciente por permanecer en el ámbito privado.

En primer lugar, la disponibilidad de financiación privada permite crecer sin necesidad del mercado público. Grandes fondos de capital riesgo, fondos soberanos e inversores institucionales han volcado miles de millones en sectores como la inteligencia artificial, el espacio o las finanzas, dando a las empresas la flexibilidad de seguir privadas durante mucho más tiempo, en ocasiones de forma prácticamente indefinida.

En segundo lugar, cotizar supone costes y presiones considerables, como son las obligaciones de transparencia y auditoría, el cumplimiento normativo (especialmente exigente tras la ley Sarbanes-Oxley) y, sobre todo, la presión por presentar resultados trimestrales. Permanecer privada permite a la dirección gestionar la compañía con un horizonte de más largo plazo y realizar proyectos arriesgados sin la volatilidad ni el cortoplacismo del mercado.

En tercer lugar, el desarrollo de los mercados secundarios privados ha eliminado uno de los argumentos clásicos a favor de la IPO. Hoy, empleados e inversores tempranos pueden vender parte de sus participaciones mediante ofertas de recompra y operaciones secundarias negociadas entre un círculo reducido de instituciones, obteniendo liquidez sin necesidad de que la empresa cotice.

En la actualidad lo que determina realmente que una empresa salga a bolsa es la situación del mercado, la fase en que se encuentra la compañía y la disponibilidad de capital privado para financiarla. Cuando el capital privado es abundante, la balanza se inclina de forma natural hacia la permanencia en el ámbito privado. Sin embargo, las implicaciones de esta transformación van mucho más allá de las decisiones corporativas y afectan también a la forma en que se distribuye la creación de valor entre los distintos tipos de inversores.

Este cambio de modelo tampoco es neutro para los inversores. Cuando una empresa permanece privada hasta su madurez, la mayor parte de su revalorización se produce antes de cotizar. Las compañías tecnológicas que salieron a bolsa en 2025 tenían una edad media en torno a los doce años, frente a los cuatro o cinco de la época de la burbuja puntocom. El inversor que compra el día del debut ya no entra, por tanto, en la fase más pronunciada de la curva de crecimiento, sino cuando buena parte del valor ya se ha consolidado.

El resultado es una redistribución de quién captura la creación de valor. La revalorización temprana de las grandes historias de éxito empresarial se concentra cada vez más en los mercados privados, accesibles fundamentalmente para inversores institucionales y para particulares acreditados o de elevado patrimonio. El inversor minorista que invierte a través de fondos indexados o de su plan de pensiones queda, en buena medida, al margen de esa fase de mayor crecimiento, lo que plantea un debate de fondo sobre la democratización del acceso a la riqueza generada por las empresas más dinámicas de la economía.

Esta dinámica explica también el creciente interés del sector financiero por crear vehículos que acerquen los mercados privados al ahorrador particular, así como la presión regulatoria para abrir, con las debidas cautelas, el acceso a estos activos. La cuestión de fondo es si los mercados públicos seguirán siendo el principal mecanismo de participación de los ciudadanos en el crecimiento empresarial o si ese papel se desplazará, en parte, hacia el universo privado.

Ahora bien, interpretar estas tendencias como la desaparición de las salidas a bolsa sería un error. Aunque el papel de la IPO ha cambiado, los mercados públicos siguen desempeñando una función esencial dentro del ciclo de vida empresarial.

Por otro lado, no conviene exagerar. Las salidas a bolsa no han desaparecido ni van a hacerlo. Tras varios años de sequía, 2025 trajo una clara reactivación, con debuts destacados que se revalorizaron con fuerza en su estreno y un volumen de capital captado muy superior al de los ejercicios anteriores. Y, más importante aún, los propios gigantes privados acabarán necesitando el mercado público, pues ninguna fuente de capital privado, por abundante que sea, puede ofrecer indefinidamente la liquidez que requieren accionistas y empleados de empresas valoradas en cientos de miles de millones de dólares. No es casualidad que se especule de forma recurrente con la salida a bolsa de compañías como SpaceX u OpenAI.

Lo que ha cambiado no es la existencia de la IPO, sino su función. La salida a bolsa ha dejado de ser el motor que financia el crecimiento de una empresa joven para convertirse, cada vez más, en un evento de liquidez de etapa tardía, es decir, el momento en que permite a sus primeros inversores monetizar su participación y abre su capital a un universo más amplio. La IPO ya no es el principio de la vida pública de una empresa, sino, en muchos casos, la culminación de una larga trayectoria privada.

La pregunta de la que trata este artículo admite una respuesta clara. Las empresas no salen a bolsa porque el private equity les ofrece hoy casi todo lo que antes solo proporcionaba el mercado público, es decir, financiación abundante y liquidez, pero además sin sus costes ni sus obligaciones. La abundancia estructural de capital privado ha transformado la IPO en una opción más e incluso postergable. Cuando la financiación deja de ser escasa y pasa a ser abundante, también cambian los mecanismos mediante los cuales las empresas acceden al capital y los inversores participan en su crecimiento.

Al igual que ocurre en la política monetaria, donde un cambio estructural como fue el paso de la escasez a la abundancia de liquidez redefinió el marco operativo de los bancos centrales, en los mercados de capitales la abundancia de financiación privada ha redefinido el ciclo de vida de las empresas. La cuestión relevante para los próximos años no es si las salidas a bolsa sobrevivirán, pues seguirán existiendo, sino si los mercados públicos lograrán seguir siendo la principal puerta de entrada del inversor medio al crecimiento empresarial, o si ese papel quedará reservado, cada vez más, a quienes ya están dentro del capital privado.

Comentarios


  • LinkedIn
  • Instagram

I

  • Spotify

Copyright © 2025 Eter Finance Insights

I

Address: Universidad Carlos III de Madrid. 28903 Getafe, Madrid, España

Important Advise:

Eter Finance Insights is a student association which acts as a non-profit organization. For this reason, Eter Finance Insights does not take responsibility for any, direct or indirect, damage that may occur in relation to the use of this website and its content. Its users will be directly responsible for the actions committed with its content. The founders of Eter issue a disclaimer regarding the comments and opinions of the articles contributors or guests on the podcast.

bottom of page